Vol. 5 Núm. 16a (2020): Antonieta Rivas Mercado

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Hay por lo menos un par de modos de ser artista. Está el más visible: aquel de quienes trabajan su obra y no sólo buscan ser originales, rompedores de las tradiciones y los cánones, sino además quieren sobresalir —en ciertos casos a toda costa, por encima de todo y aun pasando por encima de alguien, o de todos—. De estos últimos hay quienes, además de amonedar su obra, hacen lo posible por hacer brillar su nombre, convertirse, primero, en referente, y luego, en un adjetivo: kafkiano, picassiano, borgiano —aunque ni en Kafka ni en Borges, de haberla tenido, su “idea de gloria” estribaba precisamente en amonedar su creación y convertir su apellido en marca registrada—. También está el modo de quienes suelen ser menos visibles, menos ostentosos, acaso más frágiles, y que luchan discreta y hasta secretamente por llevar su obra, a la que consagran no menos talento ni trabajo, a un escenario, a un taller, a una galería, a una sala, a una revista, a una editorial, a una disquera, y acaso, con suerte, lograr el mismo reconocimiento que el artista prestigiado.

Pero entre esos modos posibles está uno muy especial, no menos valioso y sí indispensable. Se trata de personas que no creen ser artistas porque no desarrollan una obra en específico —una novela, un óleo, una película, una composición—, pero lo son por derecho propio, y los necesitamos tanto como a los otros porque hacen el barbecho (ese momento en que la tierra no da resultados espectaculares pero descansa, se rehumedece, se nutre y se fortalece para en su momento dar alimento). Son hombres y mujeres también artistas, sólo que sus obras consisten en preparar a las generaciones por venir, o el porvenir de las siguientes generaciones, como quiera verse. Su creación son sus contemporáneos al abrirles espacios nutricios, tierras donde cultivar y hacer florecer y fructificar sus obras. Éste es el caso de Antonieta Rivas Mercado, la mujer que supo ver y reconocer el talento de un Salvador Novo, de un Xavier Villaurrutia; que supo abrir foros para el teatro moderno mexicano y acompañó en su ruta a pintores, a músicos, a dramaturgos, a poetas y ensayistas, a traductores. Y a caudillos culturales: José Vasconcelos. Una mujer que a la vez supo construirse una libertad y una identidad que estaban lejos de ser usuales, mucho menos aceptadas, en aquella época. Y en ese sentido podríamos considerarla una de nuestras primeras feministas.

Publicado: 2020-11-21

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